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Gustavo Bueno

Ortega y Edgar Quinet

[ Conversaciones sobre Ortega · I. N. B. “Príncipe de Asturias” · Moreda de Aller, miércoles 16 de marzo de 1983 ]


* Las páginas que siguen son la transcripción de la grabación magnetofónica de la conferencia que pronunció D. Gustavo Bueno Martínez, el día 16 de Marzo en el I. N. B. de Aller, con motivo de las Conversaciones sobre Ortega. ** Catedrático de Filosofía de la Universidad de Oviedo.


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Después de las disertaciones tan competentes que nos han precedido, que han tratado aspectos centrales de Ortega, quiero decir que mi intervención, que va a ser muy breve, va a tratar una cuestión en cierto modo muy puntual, e incluso secundaria, si se quiere, pero que quizá pueda tener interés. Se trata de las relaciones que puede haber entre Ortega y Gasset y Edgar Quinet.

De manera que la cuestión es, en principio, puramente erudita o filológica, aunque yo no la desarrollaré eruditamente. Es decir, mi intervención tiene más bien por objeto estimular a alguien que quiera continuar esta investigación, simplemente; no tiene más pretensiones.

Ahora bien, dado que se han planteado cuestiones tan importantes, se me ocurre darle un planteamiento a lo que iba a ser simplemente una exposición y una lectura de unos pocos textos, con objeto de mostrar cómo esta cuestión, tan puntual y tan insignificante, según muchos, quizá no lo sea tanto.

Voy a partir de una distinción que hace Ortega, de hecho, algunas veces –me parece que es en «Guillermo Dilhey y la idea de la vida»– entre Ideas, con mayúscula, e ideas, con minúscula. Ideas, con mayúscula, denomina a aquellas configuraciones de carácter supraindividual, por consiguiente que no puede decirse que estén en los individuos, en las mentes individuales, sino más bien al revés, que son los individuos los que están en ellas, utilizando aquí fórmulas de Ortega que se parecen un poco a las que había utilizado para definir a las creencias frente a las ideas. Y contrapone estas Ideas con mayúscula a las ideas con minúscula; serían me parece que lo define así como ocurrencias que brotan de las mentes individuales con posiciones de otros elementos, las cuales tienen que venir, necesariamente, de otras ideas, con minúscula, es decir, de la influencia de otros pensadores; e incluso recuerdo que cita la famosa fórmula de Virchow: Omnis cellula ex cellula, que sería el principio regulativo, dice él, de la biología. Pues, por analogía a omnis cellula ex cellula, dice, deberíamos decir omnis idea est Idea: todas las ideas, con minúscula, proceden de otras Ideas, con mayúscula. Y éste sería el principio regulativo del historiador. Todo historiador que localiza una idea con minúscula en una persona, debe inmediatamente determinar la fuente, puesto que estas ideas no vienen de la nada, sino que vienen siempre por alguna influencia.

Este principio del historiador, que preside constantemente la filología efectivamente, yo creo que está perfectamente definido por Ortega lo que es el principio filológico es lo que nosotros llamaríamos un principio de cierre. Toda idea de un pensador, toda frase, toda proposición tiene que tener siempre alguna otra fuente, algún precedente, necesariamente; es el principio, verdadero o falso, y es un principio de cierre. Le sirve a Ortega para contraponer las ideas con minúscula y las Ideas con mayúscula. Porque resulta que las Ideas con mayúscula, al parecer, no vendrían propiamente de otros individuos, sino que serían supraindividuales. ¿De dónde vendrían entonces? Al decir supraindividuales, pensaríamos por una parte que Ortega está pensando en conceptos de lo supraindividual, al estilo de Durkheim, pongamos por caso. Pero no es así, porque Ortega dice inmediatamente que estas Ideas con mayúscula tienen una fecha determinada, que hacen época o que forman una época, y que caracterizan una época. De manera que estas Ideas las está utilizando como correspondientes a épocas, y además enumera esas Ideas, para poner ejemplo de lo que son. No están, según él, en el individuo, sino el individuo en ellas, y cada cual las absorbe de distintas maneras. ¿De dónde las absorbe?

Justamente aquí habría que introducir, y es curiosísimo y aprovecho ya para decirlo, el análisis marxista, uno de los puntos en donde, a mi juicio, es más sorprendente, al hacer el balance y el análisis y la situación de Ortega en un sistema de coordenadas, la práctica desatención total que Ortega mantuvo hacia el marxismo, en una cuestión tan importante como ésta. Es decir, la cuestión precisamente esencial en lo que es el materialismo histórico y la teoría de la conciencia, según la cual la conciencia de los hombres brota de su ser social o histórico, es una tesis fundamental en el marxismo, una de las tesis, a mi juicio, fundamental. Y una tesis de importancia filosófica que Ortega pudo haber conocido, evidentemente. Pudo haberla conocido, porque la Contribución a la Crítica de la Economía Política es un siglo anterior a la época en que Ortega escribía estas cosas. De manera que, sin embargo, Ortega, como sabemos todos, ha omitido, precisamente, esta tradición marxista, por las razones que fueran y, en fin, así es; pero no es una crítica tampoco de ahora, porque tampoco tiene sentido; simplemente una constatación.

Pero también es curioso que cuando Ortega está exponiendo, como ejemplos, cuáles pueden ser estas Ideas que forman época, cita, por ejemplo, el estoicismo, cita el racionalismo, el naturalismo, el positivismo, y luego va a citar la idea de la vida como la gran Idea de nuestra época, la gran Idea que forma época. Idea, por tanto, que él no ha tomado de Dilthey, a quien ha conocido, según dice, pocos años antes, porque no hacía falta tomarla a Dilthey, porque la Idea de la vida está disuelta en la época, y aun cuando se perciban analogías extraordinarias con Dilthey, el lector no debe apresurarse a pensar que está reproduciendo sus ideas, sino que, a pesar de esta extraordinaria analogía, señalada muchas veces por los críticos, en relación por ejemplo con la palabra hermenéutica, que Ortega pone en circulación y que hoy en día está tan de moda y aquí Ortega es un adelantado completo en España y en Europa, desde luego, tal palabra, como instrumento precisamente para interpretar esta nueva Idea de la vida, aparece en Dilthey justamente, y es realmente sorprendente, si en la época está también disuelta la palabra hermenéutica o bien si no hay una influencia de idea con minúscula. Esta es una cuestión que los historiadores y los filólogos determinarán; pero lo cierto es que lo que Ortega quiere venir a decirnos es que la Idea de la vida no tiene por qué tomarla a Dilthey. Dilthey propiamente es un pensador, como él, que sigue caminos paralelos, y las paralelas no se juntan nunca, viene a decir Ortega en una de sus metáforas tan brillantes. Vienen del infinito, de fuentes distintas, y hay un paralelismo de Ideas con mayúscula, lo que es la misma Idea de la época.

Pues bien, entre estas grandes Ideas, como hemos visto, no cita el materialismo histórico ni el marxismo; podría haberla citado. Estaba en su perfecto derecho de citarla o no citarla.

Por esto, ya que ha salido la cuestión, dicho sea de paso, y también como cuestión que creo interesante en torno a lo que estamos hablando, quizá la idea de Idea con mayúscula en Ortega, recuerda a otra idea muy de actualidad hace algunos años y que ahora quizá ya haya decaído un poco. Me refiero a la noción de episteme de Foucault en Las palabras y las cosas, tal como elabora Foucault la noción de episteme o de campo epistémico de una época, presuntamente histórica, de donde brotan todos los saberes positivos, todos los intereses, modos, costumbres, lenguajes, &c., que están precisamente en esa episteme que es la Idea con mayúscula, diríamos en términos de Ortega, que configura y organiza una época determinada. Aquí sí que me parece que hay una extraordinaria semejanza, que yo no he investigado. Si Foucault ha tenido influencia de Ortega, aquí sí que habría efectivamente ideas simples: la noción de episteme de Foucault y la noción de Idea de Ortega. Y además por otra razón, ya más positiva quizá, porque aquello que Foucault, en tesis tan conocida después, cita como episteme, corresponde, en cuanto a escala por lo menos, a lo que Ortega llamaba Ideas. Por ejemplo, es bien sabido, es de todos conocido, que lo que llama Foucault la episteme clásica, el racionalismo, corresponde aproximadamente al racionalismo del que está hablando Ortega. Y lo que Foucault llama el hombre, la idea de hombre como idea nueva que aparece a finales del siglo XIX, corresponde aproximadamente a la Idea de la vida de Ortega. La diferencia radica en que Foucault parece ser que nos presenta esa idea de hombre porque la vida de Ortega, como se ha dicho antes, es la vida humana, por supuesto como ya muriendo juntamente con Dios: estamos asistiendo a la muerte de Dios y a la muerte del hombre; mientras que Ortega nos dice, casi treinta años antes, porque el libro de Foucault es del año 1964, y el de Ortega de comienzo de los años treinta, treinta y tantos años antes, que la Idea de la vida está en la aurora, está apareciendo.

De manera que, a pesar de estas discrepancias, y en cuanto a la apreciación y a la elaboración de estas ideas, parece que hay una gran semejanza en estos procedimientos. Y por cierto, es interesante advertir que a Foucault una de las críticas que constantemente se le han hecho desde posiciones marxistas es justamente su idealismo por sus orígenes. Y este idealismo, una de las definiciones, si se quiere, si no se quiere hablar de críticas, también correspondería con Ortega.

Pues bien, en este contexto de las Ideas con mayúscula y las ideas con minúscula, resultaría que, según fórmula del propio Ortega, la idea de la vida es una Idea que está en la época, en el ambiente, y que los que han formulado estas ideas, particularmente Dilthey, a pesar de sus diferencias, se mantienen en líneas paralelas.

Parece entonces que las influencias tendrían que ir, siguiendo la metáfora de Ortega, en líneas transversales, para que pudiese realmente haber una coincidencia; y que estas transversales tendrían que ser ideas con minúsculas. Pues bien, una de estas ideas con minúscula es lo que yo voy a exponer aquí. Idea con minúscula porque evidentemente me parece que esta idea con minúscula se mueve seguramente en otro terreno, en otro campo distinto de la gran Idea de la vida que expone Ortega. Son ideas con minúscula que acaso afectan solamente a las formulaciones, y son ideas de Edgar Quinet precisamente.

Y entonces estas ideas con minúscula plantean, precisamente, y por eso me parece que a lo mejor esta observación de la relación de Ortega y Edgar Quinet podría tener un interés mucho mayor que el de la pura anécdota histórica o erudita, plantean la dialéctica de las ideas con minúscula y las Ideas con mayúscula; en una palabra, ¿es que realmente hay dos órdenes de ideas que estén separados, donde haya un tipo de conexión causal, de carácter transversal, de individuo a individuo las ideas con minúscula, y después hay unas Ideas con mayúscula que tienen un régimen distinto, diríamos macroscópico o de macroevolución o de microevolución? ¿Es que no es necesario que haya un tipo de dialéctica entre ambas cosas? ¿Y qué quiere decir entonces la semejanza entre estas fórmulas? ¿Es pura apariencia? ¿No lo es?

Como sabemos, la idea de la vida de Ortega, tal como se ha dicho aquí varias veces, es una idea que por su propia denominación evoca inmediatamente la biología, debido a la palabra bíos, puesta en circulación por Lamarck principalmente, aunque es anterior. Pero la biología como ciencia general de la vida en principio parece que no tiene que ver con la vida de Ortega. Sin embargo, es bien sabido, y aquí están los textos pero para ser breve voy a recordarlos solamente, porque todo el mundo los conoce más o menos y son facilísimos de encontrar que Ortega se ha movido siempre en un quid pro quo, me parece a mí, en donde, después de una primera etapa de utilización masiva, efectivamente, de conceptos biológicos, o por lo menos de referencias biológicas, ha entendido, quizás por evolución propia pero evolución que desde luego ya estaba preparada en sus comienzos, eso también parece evidente, siempre por vida, no absolutamente la vida en el sentido biológico, es decir, somático, orgánico. Porque el proyecto de que habla Ortega, la posibilidad de la posibilidad de que habla Heidegger, &c., tiene muy poco que ver, en principio, con el programa, el proyecto inscrito en el DNA: son cosas diferentes. Entre otras razones, porque el programa del DNA es una pura metáfora; como lo es todo el alfabeto genético, el código genético, &c. Son puras metáforas porque ni es código, ni es lenguaje, ni hay mensajero. Eso son una serie de metáforas peligrosísimas que utilizan los biólogos, que han dado un gran juego y lo están dando, en la medida en que permiten analizar los mecanismos genéticos en términos de ordenación; pero son puras metáforas. Yo creo que eso no se puede olvidar nunca, ni nadie lo olvida realmente. Pero a veces sí, sobre todo cuando se sacan consecuencias. Por tanto, programa, proyectos, código genético, lenguaje, &c. son puras metáforas. Aquí sí que la ciencia es pura literatura, por así decir, a pesar de la utilidad que pueda tener; y en cambio, cuando se habla de proyecto en el sentido de Ortega, está circunscribiéndose al terreno en donde efectivamente hay proyectos en sentido literal, riguroso, a saber, en el sentido de la vida humana, biografía, &c., &c.

Y es entonces cuando estos conceptos biológicos originarios van desplazándose progresivamente hacia conceptos históricos, hacia categorías históricas, por influencia de Dilthey, o posteriormente ontológicos, por influencia de Heidegger, o después por evolución espontánea del propio pensamiento de Ortega. Y ello se debe a que las ideas con minúscula están continuamente influyendo, basta comparar las fechas. Y no tiene nada de particular que así sea, y así se ve efectivamente que la aparición de Ser y Tiempo, la aparición de El tema de nuestro tiempo o la Historia como sistema están enteramente vinculadas; es decir, hay casi la posibilidad de analizar un mapa de influencias transversales que se desprenden de la pura confrontación de fechas. Y ello sin perjuicio de la originalidad de Ortega, desde luego. Lo que se hace es aplicar a Ortega lo propio que él estaba diciendo: que hay unas influencias transversales de ideas pequeñas continuamente.

En este sentido es en el que yo quería decir que la idea de la vida, tal como Ortega la va proponiendo, sigue llamándola, sin embargo, biología, porque él propone alguna vez el hablar de biología en el sentido más general; una biología, por tanto, no somática, porque en el fondo esta tesis es muy importante para Ortega subraya que esta vida de que él habla no es una vida trascendente, espiritual, descarnada, sino una vida que tiene una genealogía concreta, que tiene una inserción práctica, vital en un tipo de animal de proyectos, que es animal, pero que no sale del animal. Para ser más exactos, Ortega me parece que lo que dice es, no que el hombre no proceda del animal, sino que despega del animal, y según Ortega y su posición general, en eso se diferencia, quizá, en que despega realmente del animal porque, aun siendo originariamente animal y aquí no concuerdan muy bien muchos textos de Ortega, me parece a mí, la característica de la vida humana es que ha despegado precisamente de la vida animal, de la vida somática. Y este despegue es precisamente la Historia.

Entonces, la tesis, bien conocida, de Ortega es que lo característico de esta vida humana, cuya Idea está haciendo época, según él dice, definida por todas las características que son bien conocidas, pero contraponiéndola con la vida biológica, es ésta principalmente: que esta vida no tiene naturaleza, como al parecer la tiene la vida biológica, las especies biológicas. Y al decir que la vida humana no tiene naturaleza, entendemos por naturaleza un conjunto de patrones invariantes, fijos, recurrentes, que reproducen siempre los mismos esquemas, que están al lado del principio en donde hay reproducción precisamente, es decir, repetición en el proceso de las generaciones. Ortega lo que dice es que, a diferencia de estas estructuras de los animales, incluso de las plantas, el hombre, la vida humana, no tiene naturaleza. Entonces, ¿qué tiene? Tiene historia, precisamente. Esta es una famosa fórmula que utiliza en «Guillermo Dilthey y la idea de la vida», y en otros muchos lugares, y que precisamente contrapone la historia a la naturaleza en un contexto biológico, esa es la cuestión. Porque aquí historia está en el contexto, precisamente, de oposición a la naturaleza; y la naturaleza definida en los términos en que lo hemos hecho aquí.

Bien, entonces con estas líneas o estos recuerdos muy generales, lo que es curioso es advertir lo siguiente: esta idea de vida de Ortega está ligada, naturalmente, a multitud de componentes filosóficos, políticos, ideológicos de toda índole, y particularmente cuando se combinan con ]as ideas de la ontología fundamental de Heidegger, y de tantas corrientes posteriores pero que no eliminan en absoluto la originalidad de Ortega, entre otras cosas por haber llamado vida a esto que ni siquiera tiene que ver con los conceptos bergsonianos, &c., como es bien sabido, y que es realmente una idea formulada originalmente por Ortega. Lo curioso es que esta idea de la vida, cuyos antecedentes, cuya genealogía, si la hay, más próxima yo creo que habría que ponerla, de algún modo en el Idealismo alemán, particularmente en la contraposición hegeliana de la naturaleza y el espíritu, a fin de cuentas esta vida es la vida espiritual, la vida del espíritu, de algún modo, frente a la vida de la naturaleza. Habría que ponerla en el Idealismo alemán; más que en el neokantismo, en el propio hegelianismo, en el propio escrito de Ortega sobre Hegel y la historiología. Quiere decir esto que la conexión con Hegel no es meramente extrínseca, sino que está dada internamente por el propio Ortega, en los famosos artículos sobre Hegel. Entonces esta noción de vida espiritual, en este sentido, consiste, por tanto, no en absoluto en algo sustancial, repito, sino justamente en los proyectos, en el drama; en fin, todas estas fórmulas.

Lo curioso es que este proyecto de vida que viene de esa tradición sobre todo germánica se expresa en fórmulas que tienen una correspondencia sorprendente a mí por lo menos me ha sorprendido siempre con las de un escritor, yo creo que prácticamente desconocido en España, que es Edgar Quinet. Yo creo que es prácticamente desconocido. Las experiencias que he tenido en este sentido al menos es que la gente culta no ha leído a Edgar Quinet en general. Es un desconocido.

Edgar Quinet es, para decir en dos palabras su biografía, un personaje muy distinto de Ortega, por lo menos desde este siglo, a lo mejor desde el siglo XXV son muy parecidos; es más, creo que se puede, sin hacer demasiada futurología, decir que en el siglo XXV, quizá antes, Ortega y Edgar Quinet tendrán bastante parecido. Vamos a ver a unos pocos rasgos biográficos de Edgar Quinet para situar la cuestión.

Edgar Quinet pasa por ser un historiador. Es un historiador del grupo de Michelet, con quien colaboró, de Thiers. Fue profesor de Historia en Lyon, tuvo una actividad muy intensa, política, de izquierda radical, y estuvo desterrado por la revolución del 48. Volvió después a Francia; fue parlamentario, manteniendo posiciones muy radicales de izquierda. Volvió a ser desterrado por Napoleón III; volvió de nuevo a Francia, donde fue recibido con todos los honores. Y al final estuvo precisamente en Madrid y en Portugal. En ese sentido, si buscásemos un personaje de la época, más o menos contemporáneo, que pudiera asimilarse a una figura como Quinet, cuya formación era sobre todo literaria, que estuvo en Alemania mucho tiempo y conocía perfectamente la literatura alemana, siendo traductor al francés de la obra de Herder quizá pueda ser esa una pista para las relaciones con Ortega; fue crítico de Las ideas para una filosofía de la historia de la humanidad, de Herder, si buscásemos un paralelo de este hombre, que era parlamentario, tribuno y político activo, no encontraríamos otro en la España de la época más que don Emilio Castelar, me parece a mí, en el sentido de hombre ideológicamente incluso medio panteísta. A Castelar se le llama panteísta. Claro que entonces, en el siglo pasado, todo el mundo era panteísta. Por lo menos, leyendo a Ceferino González se saca la impresión de que todo el mundo lo era: el que no es teísta es panteísta, según él, cualquiera que sea. Pero lo cierto es que a Castelar se le llamaba panteísta, y a Edgar Quinet también. Por su obra monumental, La creación, se le llamaba así en el siglo pasado.

Después la semejanza, casi el cruce. Cuando Castelar, después de la noche de San Daniel, se marcha a París, Quinet está en España o en Alemania. Incluso la erudición extraordinaria, de carácter histórico, de ambos personajes, su verbo fluido, oradores extraordinarios. Y por último se me ocurre señalar la propia reparación final política: en un caso, la Presidencia de la República de Castelar; en otro caso, el escaño de diputado en la última Asamblea Constituyente...

Quiero decir, que hay una cierta semejanza con Castelar; por eso digo que quizás en el siglo XXV la semejanza con Ortega tampoco sea demasiado lejana, puesto que también es un escritor polifacético. Por eso digo que Edgar Quinet no es un historiador, es un filósofo; ahora bien, es un filósofo muy particular, pero esto vamos a dejarlo, porque es muy difícil de analizar. Digamos solamente que Edgar Quinet es un filósofo muy particular sencillamente porque quizá, como Castelar, no está en la tradición de la filosofía académica; la suya es más bien una filosofía mundana. En ese sentido también se podría comparar con Ortega, al menos en las obras exotéricas de Ortega, en las que no hay una filosofía académica, no hay abstracciones; allí todo es un pensamiento muy preciso, muy plástico, incluso en el estilo.

Hay textos de Edgar Quinet que, incluso por su formulación literaria, recuerdan enteramente a Ortega. La creación de Edgar Quinet es una obra ya de madurez, de síntesis, pero tiene otras obras, que estaban ya traducidas al castellano. Esta obra, por ejemplo, estaba traducida por don Eugenio Ochoa en 1871; El genio de las religiones está traducida por Macías Picavea en 1879; en definitiva, era muy conocido en España entonces; después, por lo que fuera, se le olvidó.

La creación es un libro que yo recomiendo en general, porque es uno de los libros más brillantes y en cierto modo más actuales también que, yo creo, se pueden leer, a pesar de su arcaísmo en casi todos los puntos. Incluso las relaciones con Darwin, están aquí más o menos insinuadas, porque ya Quinet ha conocido a Darwin en esta época, y ya toma posición ante él.

Cuando Ortega, en Historia como sistema o El hombre y la gente intenta formular la Idea con mayúscula de la vida, e intenta dar las fórmulas clásicas conocidas, resulta que estas ideas están formuladas en Quinet. Esa es la cuestión, sencillamente. Y entonces, como esto es una afirmación de hecho, no se puede demostrar más que leyendo textos, no hay otro remedio.

Por tanto, me van a permitir una lectura que pueda ser lo más rápida posible. Por ejemplo: Quinet habla de las ciencias históricas, de las ciencias biológicas como ciencias idiográficas, diríamos nosotros, es decir, ciencias que describen todo lo que no se repite: cada cosa es distinta de la otra, nada se repite, ni siquiera las montañas, ni los animales, todo es diferente, todo constituye un paisaje fenoménico de cosas variadas diferentes que hay que describir fenomenológicamente diríamos; por ejemplo, todas las cuestiones acerca de la biología somática y extrasomática.

Y Ortega dice en El tema de nuestro tiempo por ejemplo esto: «En el pensamiento queda pues trascendido el sentido habitual de las palabras biología, individuo orgánico. Al perder su adscripción exclusiva a lo somático, la ciencia de la vida, el logos del bíos, se convierte en un conocimiento fundamental, del que todo lo demás depende...».

Edgar Quinet está haciendo exactamente lo mismo, aunque luego en otra dirección, al subrayar que el biólogo, cuando llega al hombre, cambia de método. Y entonces deja de ocuparse de algo que ya no es somático, el organismo humano, sino que es extrasomático. Lo que ocurre es que Ortega está llamando extrasomático a algo distinto que Edgar Quinet, porque Quinet está refiriéndose precisamente a todo lo que llamamos cultura objetiva, cultura material, restos fósiles, como pueden ser las obras de arte, catedrales, iglesias, casas, alcantarillas, &c.; todo lo que está inscrito como reliquia en la superficie de la tierra o debajo de ella, y que únicamente tiene sentido en función de la vida humana, puesto que son los hombres los que han hecho esto o lo han inventado o lo han utilizado. Entonces, lo que Quinet reivindica es la necesidad de que la biología se ocupe de otras cosas. Es decir, no de la biología somática, sino de la biología extrasomática. Y dice por la misma razón que también el biólogo de las abejas se ocupa de los panales, &c., que no pertenecen al cuerpo, al organismo de las abejas, y sin embargo tiene que estudiar también panales y colmenas, así todo el entorno material que envuelve a los organismos es también objeto de la biología. ¿Por qué dice Quinet se detiene la biología cuando nos enfrentamos con las obras de arte o con la cultura material, en una palabra? Quinet reivindica, pues, esta biología.

Repito que no es el mismo sentido el que da Ortega, pero en el contexto que voy a exponer a continuación, la situación cambia completamente de aspecto.

Ortega ha dicho constantemente que el hombre no es una especie más entre otras. Por de pronto, baste recordar la discusión que hemos mantenido anteriormente. Ortega dice, por ejemplo, que es posible, e incluso probable, que haya que regresar al hombre hacia un género, hacia el nivel de clase, en el sentido de la taxonomía de Linneo, porque él habla nada menos que de mamíferos, hacia un protomamífero. Si hay que regresarlo al nivel de clase entonces el hombre no es una especie, sino más bien una clase; es decir, es una forma primitiva que viene de clase, y desde entonces ha mantenido su estructura de clase, no de especie. Precisamente es lo que Quinet está diciendo constantemente, aunque aquí Quinet se parece mucho más, o viceversa, a las tesis del Padre Teilhard, cuando Quinet sostiene como tesis fundamental que el hombre no es una especie, que el hombre es un reino distinto, porque el hombre tiene tal complejidad de formas que él mismo recapitula de algún modo todas las formas biológicas anteriores y las recapitula, precisamente en su cultura.

Cultura que está pensada por Quinet sobre todo en términos de cultura material, no en términos del polimorfismo de la vida y de cultura espiritual de Hegel. Diríamos que Quinet es más materialista que Ortega en este sentido.

Pero vayamos a lo fundamental. Cuando Ortega dice que la definición de Linneo del homo sapiens es una definición ridícula, porque al hombre no se le puede definir por su razón, por su racionalismo, es tesis enteramente propia de Quinet: el homo no es homo sapiens, sino otra cosa. Todos recordamos las famosas fórmulas que Ortega utiliza en El tema de nuestro tiempo, Historia como sistema y El hombre y la gente, cuando contrapone lo que es el animal, el orangután, el tigre, &c., en el sentido de que, dice Ortega, «indemostrada como está la tesis evolucionista, cualquiera que sea su probabilidad, cabe decir que el tigre de hoy no es ni más ni menos tigre que el de hace mil años. Estrena el ser tigre, es siempre un primer tigre...». Luego habla de destigrarse: el tigre no puede destigrarse, &c., en El hombre y la gente, mientras que el hombre sí puede deshumanizarse. Por ahí va. Aquí la contraposición es clarísima entre el tigre que es hoy y hace exactamente lo que hace mil años; cosa totalmente discutible, por otra parte, pero eso los biólogos lo dirán. Entonces se trata de una contraposición, en ese sentido, absolutamente gratuita; es decir, pensar que el tigre hace hoy lo mismo que hace mil años es totalmente gratuito. Pero, en fin, por eso precisamente tiene valor, porque estamos aquí contraponiendo no hechos, sino dos construcciones ideológicas: una naturaleza al parecer invariante, fija, la de los animales, y luego una naturaleza plástica, la del hombre, que al parecer no tiene naturaleza; por tanto, el hombre no hace hoy lo mismo que hace mil años.

Bien vamos a leer a Quinet. Dice: «los orangutanes, los gorilas, los tigres, hacen hoy exactamente lo mismo que hacían cien mil años ha aquí dice cien mil años, Ortega decía mil; se menean y brincan lo mismo que se meneaban y brincaban en los principios de su aparición en el mundo. Por el contrario, el hombre de hoy ¿qué tiene de común con el primer hombre? Pues nada ¿Qué es lo que separa, entonces, al hombre de hoy y al animal? ¿Qué es el hombre? ¿Qué es la vida humana?»

Vamos a ver qué es lo que dice Ortega: «pero basta con extirpar dice Ortega en «Guillermo Dilthey y la idea de la vida» este residuo racionalista está hablando de Kepler, &c. para que quede franca ante nuestra mirada como sustancia del hombre precisamente su variación, lo histórico». La sustancia del hombre, dice Ortega, es su variación.

Por cierto que aquí Ortega, como es bien sabido, sobre todo en su Historia como sistema, utiliza fórmulas verdaderamente sorprendentes por su genialidad, porque cuando propone una ontología heraclítea, frente a una ontología eleática, parece que la ontología heraclítea, el cambio continuo, se refiere solamente a la vida humana y efectivamente se estaba refiriendo a esto, la vida como pura vida que no tiene naturaleza; mientras que, al parecer, la vida animal tendría sustancia, tendría naturaleza. «Pero basta con extirpar dice Ortega este residuo racionalista para que quede franca ante nuestra mirada, como sustancia del hombre, precisamente su variación, lo histórico. El hombre según esto no tiene una naturaleza, sino una... historia». Aquí los puntos suspensivos parecen un redoble de tambor. Ha tocado el tambor, como diciendo: «¡Atención, aquí sale la gran novedad!»; ha parado la conferencia, ha tocado el tambor y dice: «El hombre no tiene naturaleza, sino... historia».

Vamos a ver lo que dice Quinet: «El hombre no tiene naturaleza, en cierto modo la resume, porque esta vida universal que se sucede de géneros en géneros, de especies en especies, de cataclismos en cataclismos, continúa en él, pero se convierte en historia. Hay una historia dela naturaleza...» «¿Estáis seguros de que el animal no piensa? En manera alguna el hombre no se puede definir como sapiens, porque también el animal piensa, dice Quinet; lo único que sabéis es que hace hoy lo que hacía en tiempos de los faraones, es decir, que no está dotado de la facultad de locomoción en el tiempo. Fijaos en este rasgo distintivo. Sacad este principio todo lo que contiene y veréis que las consecuencias son innumerables, y llegan hasta el infinito.»

Bien, en resolución, leyendo el libro de Quinet, cosa que les voy a ahorrar, porque es una continuidad de la idea que va desarrollando constantemente, podemos encontrar incluso al azar, textos como éste: «Lo que caracteriza esencialmente al hombre es ser en un mundo histórico, es transformarse con el tiempo. Transformarse no sólo en cuanto al individuo, más bien en cuanto a la especie. Es crecer de generación en generación, es secretar en torno suyo una corteza social, histórica, arquitectónica, un mundo de tradiciones sucesivas; en una palabra, es tener, sólo él, una historia que aumenta y se nutre de él mismo; al paso que en lo tocante a todos los seres organizados no hay, ni puede haber más que una descripción: tal es el hombre y su reino en frente de todos los demás reinos de la naturaleza...» «Estos son los rasgos que yo buscaba, no están en Linneo. Escritos están en la naturaleza humana, en la historia...».

Entonces, para terminar, la cuestión es la siguiente: Hay una gran coincidencia de fórmulas. No creo, repito, que se pueda decir que la idea de vida humana que Quinet se forjó corresponda con la idea de vida de Ortega; no estoy diciendo eso ni mucho menos. Estoy diciendo que las fórmulas que utiliza Quinet para describir la diferencia del hombre con los animales, y la característica del reino humano, no de la especie humana, como una facultad de locomoción en el tiempo, como un ser histórico esencialmente, son exactamente las mismas que las de Ortega; incluso en fórmulas precisas; que la contraposición con los tigres, con los orangutanes, &c. es también la misma, y multitud de rasgos más. Estoy entonces presentando simplemente el problema de por qué es esto y a qué se deben estas coincidencias. ¿Son puramente casuales o no lo son? Lo cierto es que Ortega no cita a Quinet en las obras centrales, sino después, en el tomo VI, una vez, de pasada. Pero según informes muy amables de Soledad Ortega figuran en la biblioteca de Ortega varias obras de Quinet, aunque actualmente no La creación, que es donde principalmente se contiene esto. Entonces, la cuestión es totalmente indeterminada, absolutamente indeterminada. Yo honradamente no sé si efectivamente Quinet influyó con ideas pequeñas en estas fórmulas o no influyó. Es cuestión que planteo a los filólogos de Ortega, a los historiadores.

Mi hipótesis es simplemente la siguiente: que Ortega quizá leyese a Quinet, esta obra en concreto, de joven, y, aplicándole a él la propia definición de cultura que dio al decir que «la cultura es aquello que nos queda después de que olvidamos dónde lo hemos aprendido», yo creo que Ortega leyó a Quinet en su juventud; quizá le quedaron fórmulas grabadas a fuego, porque generalmente quedan grabadas a fuego estas fórmulas tan brillantes de Quinet, y entonces olvidó dónde las había aprendido, y las utilizó en otro sentido.




Coloquio


Antonio Rodríguez Huescar.– Voy a procurar ser lo más breve posible. En primer lugar, la disertación del señor Bueno me ha parecido muy interesante; posiblemente, no la niego en absoluto como una imposibilidad, sea cierta su hipótesis de que Ortega pudiese haber leído a Quinet en la infancia, y que hubiesen quedado algunas de sus ideas grabadas en él. Pero, aun cuando esto fuese cierto, aun cuando esta hipótesis se confirmase, el resto de la disertación del señor Bueno me parece que adolece de algunos defectos fundamentales, defectos desde mi punto de vista, desde mi propia interpretación orteguiana, y que he visto que se manifestaban también en la pequeña discusión que ya ha habido con respecto a la exposición del profesor que ha intervenido anteriormente.

Esos, a mi juicio, errores de interpretación son los siguientes: según lo que ha dicho el señor Bueno la idea de la vida de Ortega lo ha dicho me parece que incluso literalmente tiene, no sólo muchas reminiscencias, sino algo así como una procedencia de la idea biológica, de la idea de la vida biológica.

Ha comparado, por otro lado, lo que ha llamado el idealismo de Ortega con el idealismo de Foucault. Esto me parece otro error fundamental.

En tercer lugar, me parece que confunde, por lo menos las ha utilizado en el mismo sentido, como sinónimos, la idea de hombre y la idea de vida.

Y en cuarto lugar ha hablado de la significación de las ideas en Ortega con minúscula o con mayúscula. Esto es indiferente para lo que voy a decir, porque las Ideas con mayúscula han empezado por ser para Ortega ideas con minúscula. Es decir, que toda idea, según Ortega, surge en un individuo en función de una determinada situación, es una acción, inclusive. Dice Ortega que las ideas son acciones humanas, son reacciones ante determinadas circunstancias, y cuando estas ideas gozan de unas virtualidades, de unos méritos digamos de carácter histórico que las hacen suficientemente aptas para convertirse en ideas de una época, entonces se socializan, se convierten en un patrimonio común, lo que él llama un «bien mostrenco», &c., &c.

Pero el error fundamental, a mi juicio, es confundir la idea de la vida de Ortega, como vida humana, con la vida en el sentido biológico de la palabra. Se ha alegado muchas veces, no sólo por el señor Bueno, sino por otros muchos comentadores de Ortega, que en la terminología que usa Ortega todavía, en efecto, en El tema de nuestro tiempo, en 1923, parece que la vida es todavía, o está por lo menos contaminada de la idea biológica. Naturalmente, contra este error tan extendido hay infinidad de argumentos. En primer lugar, el argumento de que la vida en el sentido biográfico de la palabra está descubierta ya por Ortega en Las meditaciones del Quijote, en 1914. Es más, lo está ya casi, o por lo menos hay una premonición de ella, en «Adán en el Paraíso». De modo que ha llovido bastante desde que Ortega descubre esta idea hasta El tema de nuestro tiempo. Es posible que haya un descuido en el uso de la terminología, pero si se atiende al contexto de El tema de nuestro tiempo, no hay duda ni vacilación ninguna. Eso se puede demostrar textualmente, que la vida de que habla Ortega en la obra citada es ya la vida entendida biográficamente.

Gustavo Bueno Martínez.– Muy bien.

Antonio Rodríguez Huescar.– A mayor abundamiento, ya en 1924 aparecen Las Atlántidas, y en ellas está ya totalmente, no sólo la idea de la vida como biografía, sino la idea de la razón histórica. De modo que no es posible hacer de la idea de la vida de Ortega algo que proceda de la biología. No digo que no haya tenido alguna influencia, naturalmente, pero el concepto de la vida humana en Ortega no tiene nada que ver con la vida biológica.

No tiene nada que ver hasta tal punto que para Ortega la biología no es más que una ciencia, no es más que una interpretación que el hombre hace de una cierta parte de su contorno o circunstancia, y nada más; lo mismo que lo es la física. Pero previamente a las interpretaciones está ya como realidad primaria, en la cual se dan esas interpretaciones, la vida humana, es decir, los datos inmediatos. Y no creo en absoluto que Quinet tuviese la idea de la vida humana, que no la tenía todavía Dilthey, en el sentido orteguiano de la palabra, aunque es el mismo Dilthey el antecedente más inmediato.

La idea de Ortega, por otro lado, quizá tenga tiene, indudablemente raíces en el idealismo alemán, pero no en Hegel; precisamente no en Hegel. En todo caso, las tendría en Fichte. En Fichte sí, en la idea de la Tathandlung de Fichte, pero jamás en la idea del Espíritu, ni subjetivo ni objetivo de Hegel. Precisamente Ortega ha hecho la crítica decisiva de la filosofía de la historia de Hegel, confrontándola con la suya propia y acusándola de que conduce a una congelación de la historia.

Por otra parte, hablar de idealismo en Ortega a mí me parece, y en esto ya me doy por aludido, porque acabo de publicar un libro que es la crítica del idealismo en Ortega, que hablar todavía de idealismo en Ortega indica un desconocimiento total de la metafísica orteguiana. Naturalmente, no niego a nadie el derecho a dar su propia interpretación, y mucho menos al señor Bueno, de Ortega como un idealista, pero eso habría que probarlo, habría que hacerlo bueno.

En cuanto a las Ideas con mayúscula, ya he dicho que son ideas sociales, que Ortega considera que son ideas que están en el ambiente, que el hombre las respira, que son interpretaciones con las cuales se encuentra como parte de una circunstancia, &c., &c.

Pero no quiero extenderme demasiado. Tengo otra serie de objeciones, pero que ya no voy a hacer para no distraer más al auditorio y no cansarle más, y porque ya va siendo muy tarde.

Gustavo Bueno Martínez.– Muy bien, ¡estará usted contento!, ¿no?

Antonio Rodríguez Huescar.– No, no estoy contento. Todavía tengo aquí...

Gustavo Bueno Martínez.– Bueno, vamos a ver, ¿quiere que le responda por el discurso corto o por el discurso largo?

Antonio Rodríguez Huescar.– Como usted quiera.

Gustavo Bueno Martínez.– Bien, vamos por el discurso corto en atención al auditorio. Yo he gozado mucho al escuchar a un dignísimo representante de la escuela de Ortega, con todas sus características, legítimas, como es natural, como es “crítica decisiva”, &c. Yo no creo que sea todo tan decisivo, pero en fin. Las palabras son terribles aquí, la “crítica decisiva”.

Bien, vamos a responder rapidísimamente a las interpretaciones y a las objeciones que me ha propuesto, sobre todo para que se vea mi punto de vista. Voy a empezar por la última, lo tengo aquí en este orden.

Se sorprende de que utilice, y que se discuta todavía hoy, después de la “crítica decisiva” &c., el idealismo de Ortega, que se hable de eso. Repito otra vez: aquí es evidente que el punto de vista del señor Rodríguez Huéscar y el mío...

Antonio Rodríguez Huescar.– Un momento, para que no haya equívocos: la “crítica decisiva” no es la mía, es la de Ortega.

Gustavo Bueno Martínez.– Bueno, sí, sí, me da igual. Usted cree que es decisiva y yo no lo creo; claro, es lo mismo, esa es la cuestión. Por eso quiero decir que esta es la terminología propia, la “crítica decisiva”. Usted dice ese adjetivo, perfectamente, tiene todo el derecho a decirlo; yo digo la “crítica no decisiva” y estamos empatados.

Bien, quiero decir lo siguiente: que cuando yo hablo de idealismo de Ortega lo hago en un sentido muy preciso, justamente otra vez: idealismo histórico frente a materialismo histórico, en ese sentido preciso, marxista, idealismo en cuanto opuesto a materialismo histórico y no otra cosa, sentido que Ortega no conoció.

Antonio Rodríguez Huescar.– Bueno...

Gustavo Bueno Martínez.– No, no conoció. A ver, citas, textos decisivos. No lo conoció.

Antonio Rodríguez Huescar.– Eso habría que probarlo.

Gustavo Bueno Martínez.– Bueno, sí, habría que probarlo, y ciertamente...

Antonio Rodríguez Huescar.– Ortega no cita todo lo que conoció.

Gustavo Bueno Martínez.– De acuerdo, pero habría que probarlo.

Antonio Rodríguez Huescar.– La instrucción de Ortega era mucho más amplia de la que él...

Gustavo Bueno Martínez.– Por supuesto, evidentemente. Pero justamente por eso es sorprendente que no haya un tratamiento de estas cuestiones del materialismo histórico, cuyo centenario estamos celebrando ahora.

Antonio Rodríguez Huescar.– No le interesaba a Ortega.

Gustavo Bueno Martínez.– Bueno, ¿me deja usted hablar, por favor, decisivamente, o no? Bien, pues vamos a hablar decisivamente, ¿eh? Mire usted, la diferencia quizá estilísticamente, entre estas intervenciones es la siguiente: que por temperamento, o por escuela o por lo que sea, tengo un tono de voz mucho más potente, pero no empleo la palabra “decisivo”. En cambio el tono reposado y decir que Ortega decisivamente hizo esto... eso es mucho más sutil quizá y mucho más engañador que lo otro. Bien, eso como cuestión puramente estilística, porque no hay tal “decisión”, por lo menos habría que probarla. Pero al margen de esto, lo principal es lo siguiente: toda la primera parte de la objeción que usted ha hecho en el sentido de que la idea de la vida de Ortega no es biológica, de acuerdo completamente. Pero no se dirija a mí, porque yo no he dicho en absoluto semejante cosa.

Antonio Rodríguez Huescar.– Eso ha estado en el fondo de toda su conferencia.

Gustavo Bueno Martínez.– Hombre, usted juzga las intenciones, pero se ve que no se ha enterado de lo que he dicho yo. Vamos a ver, en absoluto se ha enterado. Justamente he dicho esto, pero en absoluto se ha enterado, señor mío. Mire usted, he leído un texto de Ortega para apoyar la analogía de la palabra “vida”, que estaba relacionada con la etimología del bíos, de la biología, la época de Lamarck, &c.; como dice aquí: «...queda, pues, trascendido el sentido habitual de las palabras biología e individuo orgánico, al perder su adscripción exclusiva a lo somático...», y habla de la ciencia de la vida en otro sentido. Es decir, yo mismo lo he estado diciendo constantemente, y mi tesis fundamental ha sido distinguir entre Quinet y Ortega precisamente porque Quinet va por otro lado que Ortega, porque Quinet es un biólogo en este contexto. No era un biólogo, pero, en fin, está aplicando las categorías del biólogo, y Ortega no. Es decir, justamente toda mi disertación ha girado en torno a la distinción de que la vida en Ortega no es biológica; porque si lo fuera hubiera sido darwinista, por ejemplo; porque si lo fuera hubiera sido otras muchas cosas y por eso no lo es. Y entonces mi disertación ha girado, justamente, sobre esa distinción. Por consiguiente, estoy de acuerdo con lo que usted ha dicho, pero no se me aplica. Se aplica a otras cosas.

En cuanto a lo que usted ha dicho acerca de las Ideas con mayúscula o las ideas con minúscula, pues simplemente se me ocurre leer rápidamente este párrafo que tengo aquí enfrente: «Se trata de la Idea, así con mayúscula, porque ella misma lo es, es todo lo contrario de una ocurrencia. Las ideas con minúscula pueden o no ocurrírseles a los hombres, depende ello del puro azar, pero una idea de esta clase superlativa no puede dejar de ocurrírseles a los hombres porque es una forma necesaria del destino humano, una etapa de su evolución, a la cual llega inexorablemente la humanidad cuando ha agotado las anteriores». Por consiguiente, la Idea con mayúscula no está al azar aleatorio de lo que se le ocurra a un individuo y después se socialice; esa es una idea de Gabriel Tarde, pero no es una idea de Ortega en absoluto.

Antonio Rodríguez Huescar.– Yo puedo aducir no uno, sino cincuenta textos...

Gustavo Bueno Martínez.– Usted tiene que explicarme éste, éste, concretamente. ¡Claro! Lo demás... ¡este texto!

Antonio Rodríguez Huescar.– Es que el procedimiento de citar un texto sin un amplio contexto ya lo conocemos muy bien.

Gustavo Bueno Martínez.– No, no, es la teoría de la vida. Es que esa es la tesis fundamental, la contraposición de Ideas con mayúscula e ideas con minúscula. No hay contexto, el contexto es éste.

Antonio Rodríguez Huescar.– Lo que quiere decir ahí Ortega es que...

Gustavo Bueno Martínez.– ¡Según usted, claro, según usted!

Antonio Rodríguez Huescar.– Y lo otro según usted.

Gustavo Bueno Martínez.– Naturalmente, pero no es lo que quiere decir: «Yo creo que Ortega dice esto, yo creo que Ortega dice lo otro». Pero no lo que quiere decir Ortega: ¡según usted! Usted no es el intérprete, no es el Mahoma de Ortega, claro, el profeta de Ortega. Eso es demasiado. Es decir, Ortega no está al servicio de sus discípulos, entendámonos. Ortega es de todos, no de usted solo.

Antonio Rodríguez Huescar.– ¡Naturalmente que sí!

Gustavo Bueno Martínez.– Por consiguiente, usted no tiene el privilegio de interpretar a Ortega, ni mucho menos.

Antonio Rodríguez Huescar.– Yo no me arrogo esos privilegios.

Gustavo Bueno Martínez.– El privilegio de los llamados “orteguianos” de interpretar a Ortega es un privilegio mahometano, sencillamente.

Antonio Rodríguez Huescar.– Perdóneme usted, pero le voy a decir...

Gustavo Bueno Martínez.– Bueno, yo ceso la discusión ya, no quiero discutir más.

Antonio Rodríguez Huescar.– Mire usted, lo que yo pienso de Ortega no lo digo irresponsablemente.

Gustavo Bueno Martínez.– Ya lo sé que no. Y yo tampoco. Y yo tampoco. ¡Y yo tampoco! ¡¡Y yo tampoco!!

Antonio Rodríguez Huescar.– ¡Que no le estoy aludiendo a usted!

Gustavo Bueno Martínez.– ¡Y yo tampoco!

Antonio Rodríguez Huescar.– ¡Un momento...!

Gustavo Bueno Martínez.– ¡Yo lo que odio es la pedantería, como la cosa que más odio en este mundo!

Antonio Rodríguez Huescar.– Yo la odio más que usted.

Gustavo Bueno Martínez.– ¡Y usted es un pedante! ¡Completamente! ¡Y se acabó!



Conversaciones sobre Ortega. Actas de las I Jornadas Culturales de Aller, edición preparada por Ana Esther Velázquez Fernández & Belinda Álvarez Álvarez. Temas Alleranos I, Instituto Nacional de Bachillerato “Príncipe de Asturias”, Moreda de Aller, Marzo 1983, páginas 301-320.