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Gustavo Bueno, Cuestiones cuodlibetales sobre Dios y la religión, Mondadori, Madrid 1989

Gustavo Bueno

Cuestiones cuodlibetales
sobre Dios y la religión

Cuestión 3
El Dios de los filósofos

Mondadori, Madrid 1989, págs. 115-145

La expresión «el Dios de los filósofos», en virtud de su propia estructura sintagmática, podría interpretarse inicialmente como una incitación hacia un objetivo preciso: la determinación del supuesto modo (unívoco) según el cual, los filósofos se comportan ante Dios que, por otra parte, se supondrá también que funciona como una idea más o menos homogénea. El artículo «el», en singular, del sintagma, así lo pide, al menos por relación a la supuesta clase homogénea de los filósofos sugerida también por esa especie de genitivo subjetivo «de». Pues, aunque por razón del significado, «Dios» no es propiamente complemento de ningún nombre, sin embargo, el sintagma «el Dios de los filósofos» podría interpretarse como un genitivo subjetivo, o si se quiere, como un predicado subjetivo (de los filósofos), es decir, el Dios que poseen los filósofos, el Dios que ellos se forjan –pues la interpretación del «de» a modo de un genitivo objetivo (algo así como «el Dios que inspira o protege a los filósofos», por analogía con el «Dios de los ejércitos», en cuanto predicado objetivo similar al de «tangente de X» por relación a «y») está, aquí, fuera de lugar por su carácter metafísico o, en todo caso, porque tal interpretación no sería inmediatamente filosófica, sino religiosa. La situación de este genitivo subjetivo asimilado, en este caso, se complica inmediatamente, por cuanto el contenido de ese «Dios de los filósofos» puede entenderse, o bien tal como lo exponen los propios filósofos (diríamos, en perspectiva emic, directa, «cóncava»), o bien, como contenido del significado del Dios de los filósofos tal como es percibido desde fuera de la Filosofía, por ejemplo, desde una religión positiva (un Dios de los filósofos en sentido estricto, pero refractado, convexo, etic). Para evitar prolijidades, y sobre todo, para evitar el inicio de una multiplicación infinita en espejo, supondremos que la representación del «Dios refractado» ha de estar ya incorporada, de algún modo, en el concepto mismo, emic, del Dios de los filósofos, y por consiguiente, que el referirnos a este Dios no equivale a internarnos en una esfera completamente aislada e ignorante de la esfera religiosa, del Dios de los fieles.

Facsímil del original impreso de este capítulo en formato pdf

 

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